jueves, 6 de junio de 2013

Tercera (y última) anti-declaración de amor

Hasta en la penumbra se veía hermosa. A pesar de las tinieblas en el aula, a pesar de la media luz que habitaba en toda la UNI por causa de un apagón; la silueta de su cuerpo sentado en la carpeta de a lado, la silueta de su rostro a contraluz de la noche, la silueta de sus cabellos cayendo en ondas sus hombros, me hacían adivinarla toda, dibujarla toda, suspirarla toda. Desde que el loco Marco, un día antes, me había dicho que ella le había confesado que estaba arrepentida de haberme dicho que no, que se había dado cuenta de que yo era un buen tipo, medio loco, pero un buen tipo, que merecía una oportunidad y que me mandara de nuevo nomás, que ahora sí me iba aceptar; yo me había pasado el día buscando el momento preciso para acercarme a ella y declararle mi amor por segunda vez. Y ahí estaba yo, al lado de ella, en el centro de la penumbra, oliendo el perfume de champú amen que despedía su cabello, mientras el ingeniero Huanca seguía hablando de la relación entre la presión de carga y el asentamiento de los suelos, como si en verdad  entendiéramos la ecuación física, como si viéramos la pizarra, como si ahí no hubiera ningún apagón. Al inicio, el asentamiento de los suelos es proporcional a la fuerza, explicaba, pero luego se hace asintótica y entonces no importa cuanta presión ejerzamos al suelo, ésta ya no se asentará. Y ahí estaba yo, imaginando la curva asintótica de los suelos en un papel milimétrico, como pedía el profesor, rogando que la clase de Mecánica de Suelos terminara de una buena vez para que ella y yo por fin nos quedemos solos, para que ella y yo por fin hablemos, para que ella y yo por fin nos podamos besar. Entonces el profesor dijo, bueno chicos nos vemos en la clase del martes, estudien, y esperemos que no haya otro apagón. Entonces todos salimos y yo me pegué a ella antes que alguien me gane su calor y, te acompaño al  paradero, le dije; y ya pues, dijo ella. Y empezó de nuevo el dilema de cómo abordarla, de cómo volverme a declarar. Entonces dije que no pues, que a las mujeres se les dice sólo una vez que las amas, y que ahora era ella quien tenía que hablar. Salimos de la facultad, pasamos el Pabellón Central, salimos a la avenida Túpac Amaru por la puerta tres, hablando de esto y hablando de aquello, hasta que llegamos a Habich y ella nada de nada, no decía nada. Entonces dije que a lo mejor ella era como yo que se le hacía  nudos en la boca cuando quería conjugar el verbo amar en primera persona y que era mejor que yo tocara el tema antes de que apareciera la 73 y se me vaya otra vez. Hablé con Marco, le dije, en medio del río de gente que abarrotaba el paradero, en medio del bullicio de los buses agarrándose a bocinazos. ¿Con Marco? ¿De qué?, dijo ella extrañada. Lo sé, dije yo. Sabes qué, dijo ella y entonces, igualito que en aquella escena en que Kevin Arnold le dice a Winnie Cooper, ¡Winnie, Paul me lo dijo! ¿Qué te dijo? ¡Qué me amas, que estás loca por mí!, igualito, yo le dije: que lo has pesando mejor y que me darás una oportunidad. No me miró ruborizada como Winnie Cooper, sino extrañada, mas extrañada que la primera vez. Yo no hablé nada con Marco, me dijo seria. Me imaginé al loco, oculto entre las caras de la multitud, agarrándose la barriga de tanto matarse de risa. Ya hemos hablado de eso, Uli, agregó con ternura. Entonces, con esos buenos modales que tenía, con esa vocecita de arrullo que tenia, con esa bondad de madre que despedía, me volvió a explicar cómo debían ser las parejas, cómo debían ser los amantes, cómo debía ser el amor. Después corrí a la casa del loco. Para pecharlo, para partirle la cabeza. Pero me reí con él al encontrarlo; total, también el amor se vuelve asintótico, llega un punto en que no importa cuanto presiones, el suelo ya no se asentará más.
Foto: archivo personal

miércoles, 22 de mayo de 2013

Anti-declaración de amor número dos

Para mis patas era fácil, ¿no?: la sacas a bailar, le haces el habla, le cuentas cualquier huevada mientras bailas y al final le dices, ¿vamos afuera? y, afuera, te la chapas, huevón. Para ellos era fácil, para ellos que la veían como una flaca más del colegio, una chibola más de las que compartían con nosotros el patio del recreo, las horas de educación física, la formación escolar. ¿Pero para mí?, para mí que la soñaba a cada rato, que la veía en mis libros con su trencita larga y su falda tres-cuartos, para mí que era la Winnie Cooper de mi adolescencia, el plan era una yuca, compadre. Peor aún con lo tímido, con lo chupado que era en ese tiempo; casi casi un autista, casi casi un antisocial. El hecho es que ahí estaba yo, compadre, bailando con ella Selft-control de Laura Branigan, moviéndome con las justas por la timidez en medio de la oscuridad azul de la discoteca y todavía no había pasado a la segunda parte del plan, no le había hablado nada. Discoteca es un decir, ¿no? porque, en realidad, aquello era la sala de una casa en las afueras de El Tambo, ahí, tirando para las rieles, una casa que ella y sus amigas del 3ro B habían alquilado para hacer una fiesta y sacar fondos para su promoción. ¡Recién estaban en tercer año y ya pensaban en la promoción! El hecho es que la canción terminó y cuando ella estaba por decirme chao, darme mi besito en la mejilla y regresar a la esquina en que la esperaban sus amigas; no sé de dónde me salió el valor y le dije: ¿no quieres ir afuera? Claro, respondió ella y caminó delante de mí, abriéndose paso entre la gente, en dirección a la puerta, mientras David Bowie empezaba a cantar Modern love. Yo, hecho un ganador. Mis patas me levantaron el pulgar, «buena, loco, buena», «¿ves que era fácil, huevón?», mientras buscaban con quien bailar. Pero cuando salimos a la calle y el sonido de la disco se redujo a un zumbido, el plan se me apagó de nuevo porque lo que no me habían dicho mis patas era qué es lo que tenía que decir, cómo me tenía que acercar para chaparla. Claro, yo había ensayo algo, un ¿qué tal las clases?, ¿qué tal los exámenes?, ¿qué música te gusta?, algo con qué empezar; pero en ese momento, compadre, volví a tener la mente nublada, sin nada qué hilvanar. Miraba el suelo, el fondo negro de la noche sin nubes, el bosque de eucaliptos al fondo de la urbanización. Y ahí estaba yo, compadre, parado frente a ella, en medio de la calle, muerto de frío con la helada de julio, preso del miedo, sin decir mi mierda de tanta timidez. Hasta que ella se cansó de esperar y preguntó: ¿Y, qué hacemos? Yo ahí, compadre, mudo y quieto como un conejo, rogándole a los dioses que me manden alguna idea, carajo y nada. Y no sé de dónde, compadre, no sé de dónde me salió la iluminación. Pregúntame de dónde soy, le dije. ¿Qué?, me miro recontra extrañada. Pregúntame de dónde soy, le insistí recordando que la única vez que me atreví a abordarla en el recreo, la única vez que rompí mi timidez y hablamos un par de cosas mientras caminábamos al quiosco a comprar papas con ají, me había dicho que ella era de Lima y yo, de Colcabamba, cerca a Pampas, nomás. Pregúntame de dónde soy. Me miró con esos ojitos negros, con pequitas marrones que saltaban entre sus cejas. Captó a dónde iba. ¿De dónde eres?, me pregunto y ahí yo empecé a recitarle un poema, compadre. No exactamente un poema, sino las letras de una canción de Silvio Rodríguez que me había aprendido de tanto que mi hermano, que estudiaba en la Universidad del Centro, me hacía escuchar por esos años. «Décimas a mi abuelo», se llamaba. Unas letras que yo cambié para ese momento. Y le recité, compadre. Yo soy de donde hay un río/de la punta de una loma/ de familia con aroma/a tierra maíz y frío/soy de un paraje con brío/donde mi infancia surtí/y cuando después partí/ a la ciudad y la trampa/me fui sabiendo que en Pampas/mi abuelo me habló de ti. De ti, le dije. Me miró más extrañada que al inicio. Sonrío. ¿Para esto me has sacado?, me preguntó y yo, otra vez mudo, sin atinar a nada. Me agarró la cara con las dos manos, como una mujer que quiere ser madre se la agarra a un niño y me dio un beso. Un beso corto, compadre, rápido, tenue. Y regresó a la disco. Pero suficiente, compadre. Suficiente para quedarme ahí en medio de la calle, con el sabor a chicle-bomba de su boca, mirándola como se me iba, mirando la luna como un huevón.
Foto: colección personal.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Una anti-declaración de amor


Estaba planeado, esa tarde, después del cine, me declararía. Después de ver a Antonio Banderas y Angelina Jolie besándose lujuriosos, haciendo el amor, una y otra vez, sobre las camas blancas de una hacienda tropical, de una Cuba del siglo XIX, le sugeriría ir al Café-Café a comer algo y charlar; comentaríamos el argumento, el reparto de la película y ahí, en medio de la conversación, la interrumpiría para decir: mírame bien y dime si se nota. Si se nota qué, preguntaría ella, intrigada. Que estoy loco por ti, respondería yo mirando directo, apuntando de frente a sus ojazos verde-melancolía. Ella, desconcertada, me miraría sin saber qué decir y entonces yo, aprovechando la confusión, la tomaría de una mano, acercaría mi rostro al suyo y por fin besaría esos labios rojo-tentación. El plan se cumplió hasta que ordenamos los cafés y los pasteles, pero antes de que pudiera cavilar mis críticas a la película y preparar el terreno para el beso, ella empezó a hablar de otro hombre. Ya me jodí, pensé creyendo que lo que luego vendría sería un lío de dos y yo el tercero que salía sobrando. Me siento mal por algo que hice, me dijo. ¿Te molesta si te lo cuento? No, dije yo ocultando mi miedo y mis celos. Vengo de estar con él, me dijo y se me heló el cuerpo imaginando que ambos se besaban como la Jolie y Banderas. Ella había conocido al tipo trabajando, hacia años, en un McDonald´s, en esos trabajos de medio tiempo que tenía para pagar la universidad; un tipo que la había cortejado pero con quien nunca había salido y al que días antes de nuestra cita había encontrado de casualidad en Miraflores. Y, cómo estas, qué ha sido de tu vida, dijo el; ahí estudiando, pues, trabajando, dijo ella y entre qué ha sido de la gente, qué sabes de zutana, qué fue de fulano de tal, quedaron en verse al día siguiente en el Haití. Se encontraron y a medio café y pasteles, después de que el tipo contara el trabajazo que ahora tenía, el sueldazo que percibía y lo bien que le iba en la vida, ella lo interrumpió y le dijo: sabes qué, me siento como una puta. ¿Perdón?, dijo él. Sí, me siento como una puta, insistió ella. Estoy aquí desde hace media hora escuchando tus tonterías, con ganas de irme al cine, pero no puedo porque estoy obligada a seguir contigo por el hecho de que tú pagarás la cuenta. Si quieres puedes irte, dijo él y ella, en el acto, se marchó. ¿Acaso estuve mal?, me preguntó. ¿Tú crees que se me fue la mano? Bueno, yo estaba a punto de mostrarte última boleta de pago para ver si así te impresionaba, pero mejor ya no, respondí. Ella estalló en una carcajada. Yo la seguí con la risa; pero por si acaso, nomás por si acaso, dejé para otro día mi declaración de amor.

martes, 23 de abril de 2013

Solución salomónica

A ver, hijos, ¿quién plagió a quién?, preguntó el profe Estrada detrás del pupitre, sentado como un detective que interroga culpables, confiado en que el Rulo o el Charles irían a confesar. Nadie ha plagiado nada, profesor  respondieron los dos casi en coro, lo que pasa es que hemos tenido los mismos resultados. Claro, ni locos iban a confesar que el culpable de todo era el loco Marco que con esa solidaridad que tenía para con los amigos, con ese corazón blando para los favores, de ninguna manera iba a permitir que dos patas de su código, dos de los que habían ingresado a la UNI junto a él repitieran Física I por segunda vez. Ni locos iban a confesar que había sido el loco quien, en lo que le dio el urgido tiempo, había resuelto problema más complicado del examen final, fuera del salón y luego se los alcanzó en medio de un libro que decía devolverle al Rulo a medio examen, abusando del halo de seriedad y confianza que le daba ser uno de los más chancones de la facultad. Es lógico que lleguen al mismo resultado, respondió el profe Estrada con ese vozarrón de autoridad que tenía, con esa voz de papá bonachón, pero circunspecto; es lógico, dijo; lo que no es lógico es que el procedimiento, el planteamiento de solución de ustedes dos sea el mismo: aquí alguien plagió, ¿quién fue, hijo? El Rulo miró al Charles como diciendo, que huevón eres, se supone que tenías que cambiar tu procedimiento pues, hueveras y el Charles le devolvió la mirada como respondiendo, y por qué chicha tú no lo cambiaste de entrada, pe, huevas. Ahí fue que apareció en la sala de profesores el profe Morales diciéndole a Estrada, y, gordito, ¿en qué andas? El profe le contó el dilema en que estaba, tratando de descubrir cual de los dos había plagiado y le dijo a Morales, a ver, Hugo, ¿tú qué harías en mi lugar? Fácil pe, gordito, respondió el profe Morales con ese bigote y esa sonrisa de Charlie García que tenía; mira, el que plagió es que el que menos sabe, y el que menos sabe es el que menor promedio de prácticas tiene. Ahí está el problema, dijo el profe Estrada, el mejor promedio lo tiene éste, pero estoy seguro que este otro sabe más porque fue él quien me hizo consultas sobre el diagrama de cuerpo libre durante el examen. Entonces los dos saben, pe, gordito, dijo el profe Morales sonriendo otra vez como Charlie García. Ahí fue que el profe Estrada tomó los exámenes del Rulo y el Charles, anotó los puntos y los jaló a los dos.

sábado, 30 de marzo de 2013

Ternitos

No habían vendido nada en todo el día. Desde que habían llegado a La Oroya, desde que el bus los había dejado a un costado de la carretera a Lima y se habían instalado en un rincón pedregoso y no reclamado de la feria dominical para vender su mercancía como el resto de ambulantes, la mala suerte los había señalado. El mantel de plástico tendido sobre el suelo seguía igual. Los ternos enanos mostrados sobre él, las pequeñas corbatas michi, las camisas liliputienses dobladas dentro de sus bolsos, seguían dorándose al sol desde la mañana. Ma, tengo hambre, dijo mi hermano. Espérate, hijito, ahorita vendemos algo y almorzaremos, dijo mi madre. Pero, no, nadie en La Oroya quería comprar ternos para niños. ¡Lleve los ternitos, casera!, pregonó mi madre. Nadie se detuvo. ¡Ternitos!, continuó, ¡ternitos!, hasta el cansancio. ¿Qué hora es, casero?, preguntó luego mi madre a un transeúnte. Más de las tres, le respondió. Al rato, el vendedor de lado empezó a desarmar su carpa. El del costado, también. ¿Ma, y ahora cómo vamos a regresar?, preguntó mi hermano. Un ratito más, hijo, dijo mi madre, algo venderemos. ¡Ternitos!, volvió a insistir, ¡ternitos! Una mujer de polleras se detuvo. ¿A cómo, los ternitos, casera?, preguntó. A tres millones, casera, respondió mi madre. No, qué va, dijo la mujer sin tocar las prendas. A dos millones ochocientos, se lo puedo dejar, retrucó mi madre fingiendo tranquilidad. No, qué va, muy caro, pues. A dos millones quinientos, ya. No, mamá, gracias. La mujer comenzó a caminar.  No seas mala, le dijo mi madre, cómprame algo. No he vendido nada en todo el día. Tengo que llevar a mi hijo a Huancayo y no tengo plata para regresar. La mujer miró a mi madre. A los ojos. Directo a los ojos y reconoció a otra madre. Preguntó por otro terno enano y lo compró.

¡Me dieron la visa!, grita mi madre al recibirme en casa. Qué bueno, ma, respondo feliz por ella. Me cuenta los detalles de la entrevista en la Embajada Norteamericana, mientras me sirve la cena. Hace planes, como una niña que va a hacer el primer viaje de su vida. Ahora podrá volar hasta Pensilvania y ver a su hijo graduarse de doctor en hidráulica en la Universidad de Pittsburgh. Me acuerdo de la historia de los ternitos que una vez me contó mi hermano evocando el hambre de los ochentas. Quiero recordarle aquella historia para resonarle que la vida da vueltas, que su esfuerzo por educar y mantener a sus seis hijos valió la pena. Pero ella sigue hablando de lo contenta que está. Llora. Me guardo la historia. Prefiero que llore de felicidad a que  recuerde ternitos.

jueves, 14 de marzo de 2013

Para ti, Robert Smith


Estimado, Robert, te escribo porque, como en aquella canción de Joan Manuel Serrat que cuenta la historia de alguien que dice que uno de su calle le ha dicho que tiene un amigo que dice conocer un tipo que un día fue feliz; igualito, a mí, un amigo me ha dicho que tiene un empleado que dice conocer al manager de Evenpro y que a través de él, a lo mejor, este libro podría llegar a tus manos y entonces yo sería el feliz. Se llama «The Cure en Huancayo». Acaba salir en una tercera edición porque en Huancayo, una pequeña ciudad de la sierra ubicada al otro lado de Lima, todavía hay alumnos y profesores de secundaria dispuestos a leer cuentos; sobre todo ese que da nombre al libro y que relata la historia de tres estudiantes del Colegio Nacional Mariscal Castilla, un colegio nada parecido al St. Wilfred's Comprehensive School de Crawley donde tú estudiaste, pero igual de musical, supongo, porque ellos, lo mismo que tú, Michael Dempsey y Laurence Tulhurst, solían vestirse de pantalón y gabán negro, con el cabello erizado como chilligallos y andaban guitarreando los primeros arpegios de Easy Cure. Una cosa fuera de lugar, la verdad, porque en esos años, el año que ustedes acaban de lanzar The head in the door y que medio Inglaterra disfrutaba bailando In between days; en  Huancayo, la gente se moría a bombas y balazos por causa del fuego cruzado de militares y terroristas; y por eso había paros armados y toques de queda; o sea, noches y días enteros en que no se podía caminar libremente por las calles por el temor a ser arrestado o cosido a tiros. Una cosa fuera de lugar, te decía, porque estos estudiantes, a pesar de esos paros armados y toques de queda, se aventuraban al otro lado de la cuidad para asistir a las fiestas colegiales, no para agarrarse a pedradas con otros estudiantes, sino para seguir su pasión por la música y enamorar a unas niñas de El Rosario. Enamorarlas en vano, la verdad, porque, como bien sabes tú, andar por la calles vestido como «El joven manos de tijeras», andar por la noche como una bandada de gallinazos, no te convierte precisamente en el galán de las fiestas; y claro, los pobres terminan atrapados por el Ejercito. Y bueno, no te cuento más porque entonces el cuento pierde gracia y se te van  las ganas de saber en qué termina, las ganas de leer el libro, se te acaba la ansiedad. La ansiedad que, con los años, parece haberse recargado exponencialmente desde esa época de la que te hablo, la época en que ningún músico que valiera la pena se acordaba de esta esquina del mundo llamada Perú, la época en que un concierto de The Cure, en Lima, sonaba a película de ciencia ficción; la ansiedad que ahora me tiene como un niño esperando su regalo de navidad, mientras espero que llegue el 17 de abril, mientras desempolvo mi pantalón, mi melena, mi polo negro.

Preventa:
- Librerías El Virrey (Bolognesi 510, Miraflores)
- Bulevar de la cultura, Stand 16 (Jr Quilca 257, Lima)
- Pronto en las demás librerías

viernes, 22 de febrero de 2013

Lo contrario a un entierro

No me creía, cholo. No me creía que el abuelo Sixto y la abuela Victoria, hace cuchucientos años, en las alturas de Pazos y Salcabamba, tuvieron seis Gutiérrez y que estos, a su vez, ya en Huancayo, tuvieron cada uno, en promedio, otros seis y que con la tercera y cuarta generación, entre hijos, nietos y bisnietos, ahora los Gutiérrez somos más de cien. No me creía que cada febrero, desde hace siete años, todas las ramas del árbol, incluidos los que están regados por el mundo, como tú, venimos de donde sea y nos reunimos en algún lugar de Lima para darnos un abrazo, almorzar juntos, tomar unas cervezas y ponernos al día en nuestras vidas. No me creía que en cada encuentro nombramos una Directiva que se encarga de contratar el espacio verde, el cocinero, el barman y la música del siguiente año. No me creía que cada rama del árbol viene con su polo y color distintivo para jugar una gincana entre todos y que luego todo termina en una fiesta patronal; y que ahí todos, hasta los perros, terminamos hablando y riendo de felicidad. No me creía que nosotros somos la quinta rama del árbol y que siempre llegamos al encuentro con nuestro polo azulino y el «The Ccanchis» estampado a lo largo del pecho para hacerle honor al recuerdo de papá. No me creía que «Ccanchis» es «Siete» en quechua y que ese era el nickname con que conocían a papá por las carreteras del centro del Perú. No me creía. No me creía, hasta que le mostré las fotos del último encuentro. ¡Qué locos, Uli!, dijo cuando vio el frondoso árbol posando para la posteridad: el tío y las tías sentadas, los hijos rodeándolos y el resto regados alrededor. ¿Sabes qué esto?, Uli, me preguntó pasando las fotos frente a la laptop. Qué, dije yo. Esto es todo lo contrario a un entierro, me dijo y claro, yo me mate de risa.